Jueves 02.09.2010
| Actualizado 18.17
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| Javier Varela Guillot FOTO: A.M. |
La música pudo haber sido su carrera y su arte, pues Javier Varela Guillot estudió piano a la vez que comenzaba a dibujar, pero estando en Madrid se juntó con un grupo de artistas plásticos, que visitaban las cuevas de Sésamo donde solía tocar, y lo convencieron para que comenzara a hacer dibujo en el Casón del Buen Retiro.
– ¿Tenía precedentes familiares?
– Mi abuelo Alberto Guillot Lapino, un francés que estaba especializado en cartelismo y estampación sobre metal, llegó a Vigo llamado por las grandes empresas conserveras de aquellos tiempos, como Alfageme, Albo o Massó, para hacerles esos trabajos. Creaba lo que hoy se llaman logotipos y también los dibujos para estampar en las latas. Por ejemplo, fue el autor de los gatos que aún se pueden ver en una cerámica del edificio de Alfageme de Bouzas que representan las conservas Miau o el cartel con un gran salmón de Albo.
– ¿Después de sus estudios en Madrid volvió a Vigo como pintor?
– Volví una temporada y vendí algunos cuadros. También colaboré con Mario Granell para hacer los decorados para un espectáculo de balé benéfico en el que actuó el argentino, descendiente de gallegos, Héctor Zaraspe, que estaba de vacaciones. Solía pintar ya acuarelas y tintas, que era lo que más me gustaba, sin abandonar el óleo. Muchas se exponían en el escaparate de la papelería Española en la calle del Príncipe. En esa época salieron más de un millar para América, pues las llevaban los pasajeros de los transatlánticos que hacían escala en Vigo. Luego retorné a Madrid para seguir estudiando y fui a pasar unos días a Marruecos, donde tenía un tío militar y quedé cuatro anos.
– ¿Cómo llegaron las exposiciones?
– La primera fue en la Asociación de Artistas de A Coruña. Estaba yo pintando la catedral de Ourense y me vio Chamoso Lamas. Tanto él como Ferro Couselo y el arquitecto conservador Pons Sorolla la organizaron. Luego fue en la Diputación de Lugo, donde hice otra con todo el protocolo y asistencia de autoridades y donde no sólo vendí todo, sino que logré muchos contactos. Fruto de ello fue una gira organizada por el Ministerio de Educación y Ciencia por diversas capitales españolas.
– ¿Siempre acuarela?
– Es la técnica que va mejor a mi forma de ser, a mi temperamento. Me gusta la fugacidad, el trazo rápido que insinúa. Pero también es la más difícil, porque no se pueden cometer errores, ya que prácticamente es imposible rectificar o pintar encima como en el óleo.
– ¿Los temas los inventa o los copia de la naturaleza?
– Tengo más de 3000 apuntes guardados que fui tomando a lo largo de mi vida en lápiz, pluma, cera o incluso con la propia acuarela. Pinto de memoria las marinas, bosques, paisajes, pequeños pueblos y, si tengo alguna duda, acudo a esos apuntes.
– Usted pintó en Vigo, Madrid, Marruecos, también tuvo casa en Allariz, en Portugal y ahora en Oleiros. ¿Cada lugar impone alguna forma de pintar?
– No, porque el trabajo que hago es la expresión de un sentimiento interior que siempre responde a mis pensamientos. Lo que pasa es que, a medida que transcurren los años, esos sentimientos van madurando y, lógicamente, influye en la forma de expresarse.
– Entre sus trabajos hay una serie para Tabacalera.
– Sí. En una ocasión convocaron un concurso entre pintores para hacer todos sus edificios y me eligieron, así que recorrí España haciendo unas 50 casas. Luego, también fueron impresas en un libro de historia de la fábrica que hizo el que fue su jefe de prensa, el gallego Daniel Hortas.